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lunes, 13 de enero de 2014

El Abierto de Australia no quiere ser el hermano menor de los Grand Slam

Impulsado por una montaña de dólares del Estado, el primer Grand Slam de la temporada innova cada año y aventaja a Roland Garros, Wimbledon y el US Open


MELBOURNE.- Mentes innovadoras ya imaginan el Abierto de Australia de 2020. Suponen que un Rafael Nadal de 33 años podría utilizar implantes biónicos para sus maltrechas rodillas o un revolucionario método neurocientífico que mapeará su cerebro y lo ayudará frente a las nuevas figuras. Por ahora es toda una fantasía, en un torneo que tendría hasta el último court operando con el Ojo de Halcón y donde los fans escanearían la acción del complejo con sus dispositivos móviles. Los mismos hinchas seguirían las conferencias en pantalla gigante y podrían preguntarles en vivo a sus ídolos a través de las redes sociales.
Sólo es una visión futurista planteada en la guía oficial del certamen, pero no suena tan irreal si se considera la modernización constante del primer Grand Slam del año. El dato clave: fluye generoso el dinero para seguir creciendo y la evolución se vuelve vertiginosa. La primera etapa de este lavado de cara demandó un presupuesto de 363 millones de dólares, aportados por el gobierno del estado de Victoria y el sponsor principal, Kia Motors. Habrá dos etapas más hasta 2036 para completar el trabajo en el Melbourne Park, un espacio para los sentidos que también cobija espectáculos musicales y otros eventos. La etapa 2 confirmó ayer su presupuesto: 338 millones.
Es innegable el impetuoso espíritu australiano en la organización del tenis. Wimbledon necesitó 21 años para redondear el proyecto del techo cristalizado de su court central. Roland Garros apunta a techar el Philippe Chatrier en 2017, en medio de un acalorado debate por el daño ambiental en París. Y el US Open se sometió a profundos análisis para instalar dentro de unos años el tejido traslúcido del Arthur Ashe. En el rubro infraestructura, el Abierto de Asia y el Pacífico siempre figura un paso adelante: ya está en construcción la cobertura retráctil (la inauguración está prevista para 2015) de su tercer estadio, el Margaret Court Arena, que pasará de 6000 a 7500 butacas. El Rod Laver Arena cuenta con 15.000 asientos y el Hisense Arena, 10.500; tres escenarios a tono para ver a los mejores del mundo.
Australia se anima y marcha a la vanguardia. Tanto es así que fue capaz de abandonar el clásico césped y aceptar el cemento, sin dudas un antes y un después. Fue en 1988, cuando el certamen se trasladó de Kooyong a Flinders Park (ahora Melbourne Park). "Lideramos este deporte en cuanto al crecimiento del juego, a las comodidades y al producto que se le ofrece a la gente. Sabemos lo que el público quiere y necesita", señala Todd Woodbridge, el australiano que jugaba en pareja con Mark Woodforde. "Y el cambio del pasto al cemento significó un viraje en la producción y el desarrollo de nuestros jóvenes talentos", agrega el gran ex doblista.
El Australian Open sube la apuesta todo el tiempo: batió el récord de espectadores en las dos semanas de 2012 (686.006) y este año confía en quebrar la barrera de los 700.000. Es el único de los Majors del tenis cuyas dos finales se juegan en horario nocturno. Se tomó la decisión conjunta en 2009, pero en 2005 ya se observaron los beneficios del rating con la definición masculina entre Lleyton Hewitt y Marat Safin: un récord doméstico de 4 millones de espectadores prendidos a la TV aquella noche. Cambios y más cambios, como el traspaso en 2008 de la pista verde del rebound ace a la azul del plexicushion. Modificó la dinámica del juego y ayudó para el seguimiento de la pelotita y la mejor visualización de los sponsors alrededor del perímetro. Pero al hablar de superficies aparece la voz crítica del australiano Pat Cash, campeón de Wimbledon 87. "En el tenis hay que volver a introducir canchas de distintas velocidades, porque se está perdiendo el juego de todo el campo y la posibilidad de ver a jugadores con distintos estilos."
En 2013, la bolsa de premios del torneo pegó un salto y alcanzó la marca histórica de 31.683.818 dólares; es decir: 4,5 millones más que Roland Garros y 3,5 menos que Wimbledon y el US Open. Ya no es el Major más pobre de los cuatro. Este año no hay forma aún de comparar las bolsas porque no hay confirmaciones del dinero que repartirán los otros Grand Slams, amén de la variación de la cotización de monedas. Pero el aumento de casi 5 millones desde 2012 en este certamen les dio más seguridades financieras a los jugadores ubicados entre los puestos 40° y 100° del ranking. Tampoco el incremento económico se dio por la gracia divina, sino que el gobierno australiano entendió la conveniencia de ampliar la infraestructura y, a la vez, atender los reclamos de los tenistas. La medida equivale a una multiplicación de espectadores, mayor empleo para obreros de la construcción y un movimiento turístico más fluido en el estado de Victoria, lo que impacta directo en la comunidad con otro dineral para las arcas.
El plan en el futuro cercano es establecer estructuras que no sean desmontables, con el fin de evitar el tortuoso desmantelamiento, además de incorporar más zonas de hospitalidad y áreas de transmisión. El Australian Open, con su colorido y encanto, regala su nuevo lema: "Get Up Court", una invitación a levantarse y empezar a disfrutar del tenis.

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