La FIFA, que ganará en el Mundial más dinero que nunca en su historia, 1.800 millones de dólares, suele destinar 6 millones de dólares anuales a planes sociales, menos de lo que costará el sorteo del viernes. Al trabajo social que realizan desde hace años ONGs se unen ahora el gobierno de Brasil y la propia FIFA. "Esto -me dice desde Salvador el sociólogo mexicano Fernando Segura Trejo- es como la otra cara de la moneda de un espectáculo que parece volverse cada vez más elitista". Segura sabe de qué habla. Se recibió en París con una tesis que demandó cuatro años de seguimiento a decenas de jugadores que participaron por Francia en diversas ediciones de la Homeless World Cup, el Mundial de los sin techo, que comenzó con selecciones de 18 países en 2003 y agrupa ya a más de medio centenar. Son, en muchos casos, personas sin casa, trabajo ni documentos, adictos, mayoría de africanos y europeos del este que lloran al recibir equipos de fútbol, viajar en avión, cantar himnos y hasta firmar autógrafos. La gran mayoría, dice Segura, mejoran su autoestima y ganan nuevas energías para vivir. Pero otros, en cambio, sufren un fuerte vacío pos Mundial, como el caso extremo de un irlandés que murió en 2006 por una sobredosis. Le pregunto a De Oliveira si no genera confusión abrir mañana el Festival de fútbol solidario en la Arena Fonte Nova, de Salvador, uno de los estadios mundialistas objetados por sus altos costos. "Necesitamos visibilidad", me responde.
La polémica de los estadios FIFA creció en los últimos días tras el accidente que mató a dos obreros en el Itaqueirao, de San Pablo. Brasil elevó de ocho a doce las sedes del Mundial y, se sabe, construyó estadios de costos inflados y escandalosos. Pero los megaestadios tienen historia previa al Mundial. Desde el Maracaná que albergó a casi 200.000 personas en la final del '50 hasta las construcciones en los '70, cuando los militares interpretaron que así ganarían votos. Un informe de 1978 da cuenta de 27 estadios para más de 45.000 personas, cinco de ellos para más de 100.000 espectadores. El record fue el estadio "Dr Antonio Alves de Lima", el "Tonhao", construído en 1993 para 10.000 personas en Breijinho, un municipio de Pernambuco que tenía 3.000 habitantes, más 4.000 en la zona rural. "Construí un estadio para el futuro", explicó Joao Pedro, intendente de Joao Pedro, interior del nordeste brasileño, a 500 kilómetros del litoral, donde hay drama cuando no llueve. "Es un trasatlántico encajado en un lago seco", lo definió al verlo el periodista inglés Alex Bellos, autor del libro " Futebol. O Brasil em campo". Leo por la web que el estadio, protegido por un enorme muro de tres metros de alto, sigue con tribunas incompletas, casi sin luz y está en reformas. Y que siguen jugando allí el local Breijinho, Nativo, Sobreirinha y Afogados da Ingazeira. Habitantes de Breijinho contaron a Bellos su orgullo por el estadio. Lo mismo que los de Macapá, plena Amazonia, capital de Amapá, extremo norte de Brasil, fronterizo con la Guayana francesa. En el exacto lugar cortado por la línea del Ecuador, fue construído el Zerao (Gran Cero), con capacidad para 3.000 personas. El entonces presidente Fernando Collor fue a la inagururación, en 1990. Y el excrack Zico jugó una exhibición. En la misma línea donde los pobladores se paraban para ver quién orinaba más lejos, hoy círculo central de la cancha, el árbitro, tira la moneda y pregunta a los capitanes de los equipos: "¿en qué hemisferio quiere jugar?". Hemisferio norte, suele responder el ganador del sorteo, atento al traicionero viento sur.
En Brasil, se sabe, se juega fútbol en cualquier lugar. Bellos cuenta en su hermoso libro partidos con autos y bolas gigantes y hasta con toros. Fútbol-sala o fútbol-playa. Y, cuando les prohibieron una vez la playa, se metieron en la cancha de voley y crearon el futevoley, que tuvo a Romario como primera figura. Dicen bola, en femenino, no balón, porque hay que tratar a la pelota como a una mujer. Los reyes del "jueguito" hacen "embaxaidinhas". Bellos entrevistó a brasileños jugando hasta en Toftir, en las Islas Faroe, en medio de la nada. Pueden llamarse Ronaldinho, Ronaldo o Ronaldao. Y comenzar donde sea. Como Garrincha, que empezó jugando en Pau Grande, a cien kilómetros de Río, donde sus ancestros indios se mudaron escapando de la pobreza del Noreste. En Aguas Belas, Agreste de Pernambuco, plena aldea de los indios fulnios, vive aún el cacique Joao Francisco dos Santos, de 87 años. En 1995, leyendo Estrela Solitaria, libro biográfico de Ruy Castro, Joao descubrió que era hermano de Mané. Son dos de los 34 hijos (9 reconocidos) que tuvo Amaro. Los indios de la Amazonia jugaban con la pelota mucho antes del arribo de Charles Miller, el Alexander Watson Hutton de Brasil. Y antes también de las matanzas de los portugueses. Los Juegos Indígenas se celebran desde hace casi veinte años. El ministro de Deportes Aldo Rebelo, el mismo que estará con Blatter el viernes en Costa do Sauípe, asistió el mes pasado a la última edición en Cuiabá. Apoyó el pedido de Thiago Kaiapó, jugador indio del Vasco da Gama, de que una selección indígena represente a Brasil en la Copa América de Fútbol Indígena en Colombia 2014. Y en 2015, el Maracaná, escenario de la final del Mundial FIFA, será sede del Mundial de Fútbol Indígena.
"El conocimiento de Brasil -dijo una vez el escritor Edilberto Coutinho- pasa por el fútbol". Hay que asistir entonces a Peladao. Es el histórico Campeonato de Peladas (picados) de la Amazonia. Se juega hace 40 años. Más de 500 equipos en distintas categorías, casi 300 partidos en 50 canchas en Manaos, corazón de la selva tropical más grande del mundo, plena Amazonia, donde también llegará el Mundial de la FIFA. Símbolo de fútbol libre e informal, el Peladao tiene reglamento. "El Peladao -comienza el primero de sus 204 artículos- tiene como meta la integración social del pueblo a través del deporte". Juegan obreros, bandas de rock, amigos de barrio, escuela, lo que sea. Un exPeladao, Franca, marcó el empate Brasil 1-Inglaterra 1 en Wembley en 2000. Los equipos se llaman Arsenal, Barcelona o Barra Pesada FC, una escuadra de gordos que casi pierde a un jugador que se infartó en pleno partido. Hay historias de árbitros subidos a los árboles para escapar de golpizas. Paulinho, que lleva expulsados más de 6.000 jugadores, contó al periodista Bellos que su mayor susto fue cuando echó a un hombre "grande como um macaco". Pasada la furia, el hombre lo invitó por la noche a un local de strip tease, pagó la bebida y llevó mujeres a la mesa. "Son los recuerdos -dice Paulinho- que hacen que el Peladao sea algo tan lindo".

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